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            En mayo de 1703 Joseph Welser, tras dejar atrás la Bahía de Mimbres, la cuenta de los días y la escasa prudencia propia de un explorador, llegaba al destino que se había fijado ocho meses antes. Seguía la pista de Luis Brull, arqueólogo y artífice de mitos [...]
            Ambas expediciones se abrieron paso durante días a través de una maraña vegetal que era al tiempo suelo, aire, cielo y alimento para la locura. Pero solo Welser quedaría hipnotizado por el destello de un enorme espejo, sin marco, en lo que parecía un claro de selva.
            Lo que sabemos sobre cómo había llegado ese espejo hasta allí y lo que Welser y sus hombres vieron reflejado en él durante un instante forma parte de la transfiguración orgánica propia del «boca a boca», capaz de mutar la orfebrería de una armadura en el plumaje de un azor, la esfinge en erinia, el juego de niñas en guerra cosmológica, –el detalle, en lo esencial del relato.
            Pese a todo, la niebla que envuelve lo sucedido en aquel escenario impreciso huye de la imagen postiza para fecundar la certeza de los hechos, no con monstruos sino con relatos sobre un caballo recio y hierático como los pintados por Ucello o tal vez voluptuoso como los de Rubens, pero siempre obediente a las órdenes livianas de la joven amazona que lo monta... en una simbiosis perfecta, huidiza, recelosa de su pacto, ajena a la obscena hibridación del mundo adulto [...]

La golondrina sedentaria y otros sucedáneos de la imagen. Álvaro Palomero.
            Barcelona: Ediciones Torcuato, 2010, pp 13-14.

 

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